lunes, 8 de junio de 2015

SER MUJER Y CREAR (SI PUEDES)


SER MUJER Y CREAR (SI PUEDES)

                                                                   A   Flora   Rueda


         La relectura de Tres guineas de Virginia Woolf es un aldabonazo a las conciencias, desde el momento en el que la célebre escritora británica hace un repaso más que exhaustivo del papel desempeñado por la mujer en los dos último siglos; y lo hace sobre todo centrándose en el papel que la educación –o tal vez sea más adecuado decir la falta de ella, que le venía siendo negado desde siglos atrás – ha tenido en la vida de tantas mujeres, para lo cual va enunciando cómo es el presente en la Gran Bretaña de finales de los años treinta del pasado siglo, pero también con un manejo de datos abrumador sobre cómo ha sido en un tiempo pretérito que se retrotrae, como digo, un par de siglos, y del que no podemos dejar de sacar comparaciones con el presente.
        El punto de partida de estos tres textos son la petición de una guinea para tres causas diferentes: la causa de la paz – no mucho después empezará la Segunda Guerra Mundial, por cierto -, la educación femenina y el trabajo de la mujer. A cada una de esas peticiones Woolf responde con argumentación clara, polémica  y casi irrebatible. Para ello nos informa desde el sueldo de una trabajadora manual de un siglo atrás, de la imagen que de sí mismas tenían las mujeres de alta cuna, de la lucha encarnizada de las sufragistas británicas por obtener el voto para las mujeres - que no tiene ni un siglo, todo sea dicho de paso-,  la imposibilidad para una mujer de llegar a ser rectora de una universidad hasta hace cien años o incluso de cobrar por dar clases particulares, y un larguísimo etcétera.  
        En último término, lo que subyace en este libro apasionante no es otra cosa sino reivindicar la necesidad de que toda mujer pueda tener un educación y una dignidad que le permita ser valorada por sí misma, algo que me temo no se ha logrado ni siquiera en nuestros días, o al menos no en la mayoría de los países de nuestro planeta, y parece que las previsiones para el futuro próximo no son lo que se dice precisamente halagüeñas.


          Indudablemente las palabras que una mente tan singular, profunda e independiente como es la de Virginia Woolf ponen voz a tantos millones de mujeres que no la han tenido a lo largo de la historia. Incluso en cierta forma a la de otras gargantas que se expresaron también a través de una pluma y un tintero, como lo demuestra en otro libro afortunado Maggie Lane, Hijas escritoras, donde expone la vida y obra de ocho mujeres escritoras del ámbito anglosajón en unos ciento cincuenta años, desde Fanny Burney hasta justamente Virginia Woolf, pasando por Charlotte Brontë, Emily Dickinson o Beatrix Potter, entre otras. El panorama de las penalidades que tuvieron que pasar todas ellas es tremendo: la prohibición de publicar sus libros, la imposibilidad de cobrar por su trabajo por dar clases particulares, la decisión de no casarse, aunque eso se vea como un estigma familiar…Todas y cada una de ellas tiene su pequeño o gran calvario por intentar hacer con su vida lo que consideraban adecuado, que en su caso es dedicarse a la literatura, para la que, por si fuera poco, estaban en general excepcionalmente dotadas. Y aunque el apoyo a veces estaba en la familia, no fueron pocas las ocasiones en las que precisamente era esta, y el padre en particular, el mayor de los problemas de cara a poder llevar a cabo ese objetivo del que vengo hablando.

EN LA MÚSICA
            Si alguien creyera que eso ocurría solamente – o sobre todo-  en el campo de la creación literaria, estaría profundamente equivocado. Clara Schumann pasó toda su vida como la señora –y no tardando mucho como la viuda – de Robert Schumann, pese a que ella misma compuso notables obras musicales. Por su parte, Fanny Mendelssohn es conocida casi únicamente por ser la hermana de otro compositor de la época romántica, Félix Mendelssohn, aunque escribió varias obras musicales que fueron destruidas por su propia familia con la absurda idea de que podrían restarle mérito a su hermano. Añadamos a una alumna aventajada de F. J. Haydn, que ha tenido que esperar prácticamente dos siglos para que su música pueda ser interpretada, que es lo que le ocurrió a la asturiana María Teresa Prieto, quien en el siglo XIX escribió muchísima música, buena parte de la cual se ha lamentablemente perdido, a pesar de que a juzgar por lo que vamos conociendo de ella tiene mérito notable.

       No es de extrañar que ante un panorama de estas características sea la Orquesta Sinfónica de Mujeres de Madrid, con Isabel López, como directora, quien se haya lanzado al empeño de divulgar lo que nunca debió de caer en un olvido tan injusto. Entre otras cosas porque en el mundo de la música la que no se interpreta o graba es como si no existiera, de forma que sea loable ese paso de convertir lo que no eran más que unos pequeños nombres de las enciclopedias en partituras que se vayan difundiendo por las salas de conciertos de todo el mundo. Lo que no deja de ser curioso es que, algunas compositoras más antiguas ya habían salido del desconocimiento general, tal y como es el caso de Hildegard von Bingen, por ejemplo, que vivió nada más y nada menos que hace ochocientos años. 

EN LA PINTURA Y EN LA ESCULTURA
         Otro tanto ocurre en el mundo de la pintura. Artemisa Gentileschi, excelente pintora barroca e hija del renombrado Orazio Gentileschi – que desarrolló buena parte de su obra en Roma y en Londres para el rey Jacobo I – es conocida, sobre todo, por un episodio lamentable que poco tiene que ver con la pintura: fue violada por uno de los alumnos de su padre, delito que tuvo pocas consecuencias dado que el responsable gozaba de la amistad y protección de algunos de los más importantes nobles de la ciudad.
       No serán muchos quienes conozcan la obra de Marina Moreno, que es la esposa del archifamoso Antonio López, y, sin embargo, lo contrario ha sucedido con un caso singular por varias razones. Me estoy refiriendo al de Frida Kahlo, la pintora mexicana casada con Diego Rivera, que tal vez ha sido el más popular de ese país, pero que ha sido superado por su mujer. En realidad, casi toda esa popularidad se debe a razones ajenas a lo artístico, es decir, la gente que los conoce es porque su relación sentimental fue todo menos lo que pueda calificarse como convencional (la forma de vestir de ella impuesta por Diego, los celos de éste por el trabajo de Frida Kahlo, la numerosas infidelidades, etc.). Por si eso fuera poca, debido a un accidente ella tuvo que ser sometida a múltiples operaciones, de donde provienen algunos de sus cuadros en los que pinta autorretratos en los que su espalda es una estructura metálica, algo que no es de carne y hueso, y que la mantiene postrada buena parte del día.

EN LA ESCULTURA Y EN EL CINE
          Otros dos nombres se nos vienen a la cabeza si hablamos de escultura, que han llegado a ser conocidos una vez más por las particularidades de sus vidas más que por su valía artística. En primer lugar, y por empezar en nuestro país, Margarita Gil era una joven madrileña que nació en una familia relacionada con el mundo de la cultura; desde muy pronto dio muestras de su interés por el arte. Lo malo para ella fue que se cruzó en su vida con Juan Ramón Jiménez, el gran poeta andaluz, y se enamoró de él perdidamente. Queda el testimonio de esos sentimientos en unas carta que le envió al poeta, quien le contestó sin darle el más mínimo pie de compartir sus sentimientos, aconsejado además por su esposa Zenobia Camprubí. Ella no pudo soportar la falta de correspondencia amorosa y se quitó la vida con veinticuatro años, después de haber logrado recoger casi todas su obra y haberla intentado destruir en el chalé familiar de Las Rozas de Madrid.

        El caso de Camille Claudel no es mucho mejor. Esta mujer voluntariosa se puso bajo las órdenes de Auguste Rodin para aprender a esculpir, y ese aprendizaje no le fue nada mal, desde el momento que logró crear una serie de esculturas admirables. Sin embargo, el ego de los grandes artistas ya sabemos que los lleva a comportamientos no muy envidiables –y si no que se lo pregunten a Pablo Picasso -, de tal manera que Auguste y Camille empezaron una relación amorosa que no terminó bien porque él no quiso separarse de su esposa. Otro tanto le ocurrió con el músico Claude Debussy, que concluyó de igual manera. A ello le siguieron varias crisis que llevaron a su familia a ingresarla, una vez que murió su padre, que era el único que la apoyó siempre, en un manicomio francés los treinta años que le quedaban de vida. Lo peor de todo fue que ella estaba en un momento creativo formidable, y a pesar de ello ya nunca pudo volver a la escultura, lo que es toda una pérdida para el arte, sinceramente.
         Ni que decir tiene que ambas historias conocieron sendas adaptaciones cinematográficas, de muy desigual valor, y eso nos da la oportunidad de detenernos un poco en este arte y en alguna de las mujeres que trabajaron en él. Quizás una de las que más méritos acumula para aparecer en primer lugar sea Leni Riefenstahl, quien pasó de estrella del cine germano a principios de los años treinta a dirigir El triunfo de la voluntad, una suerte de registro sobre la reunión del Partido Nazi en Núremberg en 1933, que curiosamente ganaría el Óscar al mejor documental de año siguiente. Y a encargarse de rodar los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, en lo que podemos considerar sin exageraciones como el primer trabajo moderno que se hacía sobre el deporte, y del que beberían sin tapujos la televisión durante muchos años después (Olimpíada). Ni que decir tiene que con un currículo así fue sometida a un proceso de “desnazificación”, por más que ella siempre negó comulgar con las ideas de Hitler y sus secuaces, algo difícil de creer viniendo de quien contó con todos los parabienes y todos los medios para filmar esas obras. Con el tiempo vendrían sus fotografías sobre los Nuba y otras tribus africanas, con una estética que ya en su momento Susan Sontag relacionó con su trabajo alemán de los años treinta, y que perfectamente podría haber incluido en su estimulante ensayo Fascinante Fascismo. Llegó a sobrepasar los cien años mientras veía cómo su trabajo cinematográfico era reivindicado por muchos ilustres cineastas norteamericanos como Steven Spielberg o Martin Scorsese, como lo eran sus series fotográficas y sus documentales submarinos, rodados con más de sesenta años, cuando a prendió a bucear profesionalmente.

IMPOSTURAS
           Sería apasionante seguir el paso de todas y cada una de las imposturas literarias que se han dado en la historia de la literatura, desde la creación del famoso –e inventado – poeta Ossian, hasta los capítulos del Satiricón de Petronio por el Abate Marchena, pero aquí nos vamos a conformar con un pequeño recuerdo de los que tienen a una mujer como protagonista. En principio quiero aclarar que no me refiero a las muchas escritoras que tuvieron que usar en sus libros todo tipo de pseudónimos, en unos tiempos en los que la dedicación a la literatura por parte de la mujer no estaba lo que se dice bien vista; tal es el caso en el siglo XIX de George Sand (Aurora Dupin), de Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber) o ya en el siglo XX de una de las grandes, Isak Dinesen (la baronesa Karen Blixen). A lo que aludo es a los libros escritos por mujeres que por diferentes razones fueron publicados como escritos por hombres. Algunos porque ellos no tenían ni la mitad del talento que sus esposas, como por ejemplo el caso de Gregorio Martín Sierra, que publicó sin pudor alguno un número considerable de novelas, todas ellas escritas por su mujer, y que además alcanzaron un éxito importante. Otros sí lo tenían, pero se aprovecharon del de ellas; un ejemplo quizás no muy conocido sea Ramón Gómez de la Serna, que llegó a publicar bajo su nombre un libro escrito por Carmen de Burgos, una gran escritora e intelectual que no ha tenido mucho éxito por desgracia. Dicho fraude no deja en muy buen lugar que digamos a Gómez de la Serna, que entonces vivía una relación sentimental con ella, aunque lo deja todavía peor el hecho de saber que simultáneamente también tenía otra con la hija de Carmen de Burgos.
       Otro ejemplo muy significativo de cómo se puede, si no acallar una vez, hacerla orientarse hacia un lado u otro, es el de la mejor poetisa española de todo el siglo XIX, y por ende de toda nuestra literatura, Rosalía de Castro. Evidentemente, publicó varias  novelas, la última de las cuales es tan poco leída como muy interesante, y sobre todo varios libros de poesía, uno de ellos en español (A las orillas del Sar) y otros en gallego (Follas novas y Cantares Gallegos). Pues bien, a su muerte, relativamente temprana con menos de cincuenta años, su marido no llegó a editar algunos escritos porque ella había decidido dejar el gallego como lengua literaria, por una decisión radical proveniente de varias críticas a unos artículos suyos, y como su esposo era el principal adalid de esa lengua, Manuel Munguía.

          Hay otro caso de estas imposturas de las que venimos hablando, aunque sea más para el comentario divertido que otra cosa. Es el que aparece con Kathy Selden,  la novia de Don Lockwood (Gene Kelly) en Cantando bajo la lluvia, que llegado el punto en el que el cine mudo va a desaparecer, la pareja de ídolos del esa época que son él y Lina Lamont (Jean Hagen) empiezan a rodar una película sonora, pero la voz de ella es tan horrible que todo apunta a que el filme será un batacazo en la taquilla… hasta que se les ocurre que le otra ponga la voz y cante las canciones Kathy, en lo que no deja de ser un caso pionero de playback. Pues bien, al enterarse la diva, les quiere obligar a que por contrato la otra no pueda rodar jamás una película, sino que de ahora en adelante su función exclusiva será sustituir su voz. El final feliz llegará en el estreno, cuando a petición del público la estrella se ponga a cantar, aparentemente, en tanto la otra está detrás del telón del cine, telón que Gene Kelly y Cosmo Brown(Donald O´Connor) van levantando para que el público descubra quién es la persona que está detrás de esa voz y a la que realmente admiran.

MIRANDO HACIA ATRÁS
       Como era de temer, conforme nos alejamos en el tiempo, las condiciones de las mujeres que se dedican a la literatura –y no digamos a otras artes, porque de ellas no conservamos casi ni los nombres-  van siendo peores. Si la filósofa Hipatía (siglos IV – V) fue uno de los pocos ejemplos de mujer dedicada a la filosofía, la geometría y las matemáticas, también tuvo un triste fin como parece ser el sino de muchas de las que han pasado por estas páginas, en nuestro Siglo de Oro hay varios casos importantes, aunque por motivos diferentes: sor Juana Inés de la Cruz fue una poetisa y monja mexicana del siglo XVII cuya capacidad intelectual y su escritura en todos los géneros (lo mismo compuso teatro, prosa y una poesía sublime) sólo es comparable a la de Lope de Vega, Quevedo y Góngora. Pues bien, esta mujer cuya mayor felicidad era leer y escribir sin descanso, era vista con mucho recelo tanto por las autoridades seglares como por las religiosas, hasta el punto de que sus superioras le prohibieron escribir ni una sola línea, aunque un poco más tarde accedieron a que al menos pudiese leer. Por su parte, Sor Marcela de Félix, una de las hijas del ilustre Lope de Vega, abrazó la carrera de religiosa, pero hay que recordar que los conventos eran uno de los pocos lugares donde una mujer anhelante de cultura podía ver satisfecha esa sed; en consecuencia,  ella escribió muchos versos, obras teatrales y libros varios…la mayor parte de los cuales no nos han llegado al presente, porque o  bien tuvieron cuidado de que no nos llegasen algunos de sus superiores o bien porque ella misma decidió destruir la obra de una vida ante la perspectiva de que la destruyan otros.

ENTREVISTAS Y DIARIOS
               Pasando al siglo XX, merece la pena detenerse en una entrevista que en enero de 1958 le hacen a Carmen Martín Gaite, que acaba de ganar el premio Nadal de novela con treinta y dos años. Ella es una mujer de su tiempo, de modo que desde las ocho y media de la mañana hasta doce horas después que acuesta a su hija se dedica a su hogar, a su marido y a su niña. Y sólo después se puede sentar a escribir cuatro o cinco horas. Lo llamativo de esas palabras es que ella manda la novela sin que lo sepa su esposo, que le había dicho que su primera novela era muy mala y le ha pedido que la rompiera, por lo que cuando un periodista le pregunta por el premio, él dice que debe ser un error. Al final, se lo comenta a ella y con cierto miedo de su reacción ella le confiesa que es Sofía Veloso, el pseudónimo con el que había mandado la novela. Y eso con un escritor como marido que ya tenía una gran reputación como es Rafael Sánchez Ferlosio y que como escritor podía haber comprendido mejor nadie los afanes y desvelos de su esposa.

        Otro lugar donde a veces podemos ver los verdaderos pensamientos de las mujeres son, como no podía ser de otra manera, por otra parte, sus diarios. El de la mujer de Luis Buñuel se publicó ya hace muchos años, y en él podemos comprobar de nuevo cómo una persona con una gran cultura, deportista ganadora de premios y que se podría haber ganado la vida de varias formas, opta por contraer matrimonio con un joven que ya había dado muestras de un talento excepcional. Evidentemente, eso es perfectamente comprensible, pero no lo es menos que en algún momento de ese diario parece traslucirse que le hubiera gustado hacer algo más aparte de la dedicación a la casa y a los dos hijos.
       Y algo similar nos llega desde el importante diario de una mujer que siempre parecía estar a la sombra de su marido por mucho que desde el primer momento estuvo que claro que, sin ella –y él lo reconoce abiertamente en muchísimas ocasiones -, él tampoco hubiera podido llegar a donde llegó. Estoy hablando de Zenobia Camprubí, la esposa de Juan Ramón Jiménez. Ambos ya nos había aparecido páginas atrás, pero creo que es interesante traerlos aquí de nuevo, precisamente porque antes incluso de conocerse, ella ya había escrito varios cuentos que le publicaron algunos periódicos de los Estados Unidos, y además empezaba a realizar algunas traducciones en una actividad que haría durante toda su vida, como la de algunos famosos libros del premio Nobel Rabindranath Tagore. A pesar de que vivir con él no era sencillo, por muchas razones que no viene a cuento explicar aquí, lo cierto es que ella dedicó el resto de su vida a facilitarle la suya a Juan Ramón, y en los tres tomos del diario, escritos en inglés y en español, vemos esa dedicación y ese sacrificio –no se puede llamar de otra manera a veces -. Nunca sabremos qué carrera literaria hubiera tenido Zenobia de no haber cruzado en su camino el poeta onubense, pero la literatura nunca le agradecerá lo bastante lo que hizo por él.


Y FINAL
         Y volvemos a donde empezábamos: algunas de las mujeres de las que habla Virginia Woolf son tan conscientes de su falta de educación, de cómo son incapaces de mantener una conversación en una fiesta o en otros encuentros sociales que, habiendo regresado a sus casas tras un encuentro de esas características, confiesan a sus diarios el mal trago que para ellas ha supuesto e irrumpen en lágrimas por no haber podido estar a la altura de los diálogos habituales en esas reuniones. Y ello es más doloroso si cabe cuando consideramos que a la educación de los hijos una familia acomodada dedica varios miles de libras anuales, mientras que, en el mejor de los casos, en las hijas se gasta menos de cien.  
       Claro que el problema mayor radica en que todo esto – como se encarga de recordarnos en su libro Maggie Lane - no obedece a que sus familias  las quieran menos ni ellas a sus progenitores, es simplemente que en ese momento de la historia no se cree necesario que una mujer necesite una educación mínimamente esmerada, y por consiguiente no se les da. Por eso algunos de esos padres no quieren que sus hijas publiquen libros, porque van a ser criticados por ello, o que cobren las clases particulares –como si ellos no pudieran mantenerlas debidamente -, por no hablar del hecho de que, en algún caso, el lograr unos ingresos económicos por la venta de esos libros va a suponer la posibilidad de una independencia respecto a la familia que muy difícilmente hubieran podido conseguir de otra manera, algo que por supuesto tampoco es deseable desde la perspectiva paterna. Es más, en algunos casos casi podríamos decir que tuvieron la “fortuna” de que sus padres muriesen a una edad en la que ellas aún tenían mucha vida por delante y esa falta de obstáculo paterno facilitó la posibilidad de publicar sus libros.

        Y termino con las palabras de Virginia Woolf, dignas de figurar en un frontispicio de mármol para que no se nos olviden nunca: las mujeres no quieren aprender a leer y a escribir para componer versitos, sino para crear ambiciosas novelas o ensayos; no quieren aprender música para escribir cancioncillas de entretenimiento, sino para poder crear sinfonías, sonatas y óperas. En 1919, como ella misma nos recuerda, se había aprobado una ley británica que permitía que las mujeres pudiesen trabajar en cualquier oficio. Pues bien esa ley es tan importante como la propia ley que acababa de permitir a toda mujer poder votar en unas elecciones. Pero eso ya daría materia para otro artículo no menos extenso que éste, y en el que podríamos incluso hablar de las mujeres que se han dedicado a la ciencia, y que han pasado tantos calvarios casi como los aquí reseñados; hasta que llegue el momento de hablar de todo ello, lo mejor es poner el punto final aquí.

sábado, 20 de septiembre de 2014

LOBOS


LOBOS
                                                            A Jesús González

        Como todos los cuentos de Saki, por distinto que sea su tema –fantástico, humorístico, de crítica de costumbres… -, en su inicio nos coloca en una situación trivial, anodina de puro cotidiana, pero a partir de los primeros compases de ese aparente arranque de seres y lugares conocidos, el desarrollo oscila entre la ruptura con las expectativas de los lectores o, cuando en apariencia las sigue, el final es un ruptura con todo cuanto esperábamos a raíz de la trama. En este sentido poco tiene que ver con, pongamos por caso, Chéjov, siempre atento a los meandros de los sentimientos del ser humano; en Saki prima la ironía, el humor y hasta la crueldad más refinada. Nada tiene de extraño, por tanto, que en un cuento como Gabriel Ernst no sepamos muy bien a qué atenernos.  ¿Se trata de una serie de coincidencias o realmente ese joven que ha aparecido de la nada y que, acogido por la familia del protagonista, va sembrando el pánico en éste una vez que descubre que ha metido en su hogar nada menos que a un hombre lobo? Y lo más llamativo del caso es que, siendo ese el argumento principal, junto con los remordimientos por ser el causante de la muerte de un niño, el narrador tiene ganas de dar a todo ello un toque casi brutal, toda vez que la madre del huésped, que es quien ha escogido el nombre que da título al cuento para el joven – y que ya vemos que no puede ser menos apropiado para esa criatura -, no sólo no llega a enterarse de su verdadera naturaleza, sino que de vez en cuando lo añora con nostalgia y no puede menos que preocuparse por qué la habrá pasado para haberse ido sin despedirse, con la bondad que ella  le había dispensado desde el primer momento.
     También de manera indirecta se nos cuenta una historia de licántropos en Sombras en el agua, mujeres de cuadros antiguos, de José Ferrer Bermejo. La diferencia es que, al estar contada en primera persona precisamente por quien está sometido a esa suerte de maldición, nosotros como lectores no vamos a deducir la particularidad de ese hombre joven hasta el final. Pese a su brevedad, el hilo que nos lleva tiene un cierto regusto borgiano, desde el momento que se habla de alguien que alimenta al monstruo, sin que éste sea consciente de su condición, como le ocurre a la particular versión del escritor argentino del mito del Minotauro; no obstante, aquí el maldito no muere, aunque sí quien lo tiene encerrado y lo alimenta, que parece ser su propia madre, la misma que lo tiene encerrado desde su nacimiento, de modo que lo que conoce del mundo es lo que está en los libros que se alojan en la biblioteca. Y ver y leer las maravillas que pueden disfrutar los demás sin ni siquiera poder acercarse a ellas es un motivo de angustia para el narrador y protagonista: "Podía recorrer los estantes y las sensaciones a voluntad: quiero volar en aeroplano, quiero cazar un elefante, quiero beber ginebra en la taberna de un puerto entre humo y canciones, quiero amar a una mujer. Todo estaba en mis manos y no podía hacer nada". A la postre deja entrever que también es él quien ha matado a esa mujer y madre que lo ha traído a este mundo para ser infeliz.
         A pesar de lo dicho hasta ahora, lo cierto es que las primeras imágenes que se le vienen a uno a la cabeza al leer un título como ese van más bien hacia cuentos tradicionales, del tipo Caperucita Roja, pongo por caso. Y aprovechando esa asociación no conviene pasar por alto algunos detalles de ese cuento. Primero, en la versión de Perrault la historia acaba con el animal descansando y haciendo la digestión después del banquete que ha supuesto poder zampar en una sola jornada nada menos que a una niña y a su abuela. Con el tiempo ese final se fue dulcificando, hasta las versiones que conocemos del siglo XIX, donde el pobre lobo o bien acaba ahogado en el río después de que un cazador le haya metido en la barriga unas piedras, tras haber sacado a la abuela y a Caperucita, o bien tiene que salir corriendo por los disparos de otro cazador, que previamente ha sacado de su tripa como si tal cosa al menú principal del día, sin que naturalmente hayan sufrido ningún percance en semejante operación y vuelvan a ver la luz como si tal cosa.
        Conforme más atrás en el tiempo nos movemos, la crueldad en los cuentos y en los mitos es más evidente, y si no que se lo pregunten al lobo que acaba siendo el plato fuerte de la comida de los tres cerditos, tal y como podemos leer en los Cuentos tradicionales ingleses de Flora Annie Steel, en lo que supone toda una sorpresa respecto al conocimiento que uno buenamente tenía de ese tipo de relatos. Pero, claro, no siempre ese cánido lleva las de perder, y eso nos sitúa de nuevo en la estela de Saki, dado que en El contador de historias, un joven al que molestan varios niños que son hermanos en el vagón de tren donde viajan,  sin que su tía sea incapaz de calmarlos, se ofrece a tenerlos tranquilos durante un tiempo. Para ello cuenta con un arma infalible: su destreza como narrador. Y, en efecto, la historia dentro de la historia es de cómo una niña es tan buena que logra varias medallas de oro por su bondad, pero esos mismos trofeos son los que permiten localizarla entre los setos a un lobo hambriento que se la come bien a gusto. Como no podía ser de otra manera, la relamida y malencarada señora –como todas la tías de sus relatos, no en vano Saki odiaba a las suyas, con las que vivió durante su infancia – está horrorizada de semejante historia, por más que los niños aseguran que es la mejor que han escuchado en toda su vida.
       De todas formas, podríamos decir que hay lobos y lobos, porque no es lo mismo un animal de ojos inyectados en sangre y dientes afilados esperándote a la vuelta de la esquina, que la célebre loba que amamantó, ahí es nada, a Rómulo y Remo, es decir, a los dos míticos fundadores de Roma, razón por la cual en el Senado de esa ciudad había una escultura en la que se mostraba a esa madre adoptiva dando el pecho a dos chiquillos. Y otro tanto cabe decir del no menos famoso Mowgli, el muchacho que es adoptado por un grupo de lobos en las montañas de la India, y algunas de cuyas historias nos contó Rudyard Kipling, en lo que luego se conocería como El libro de la selva, por más que el escritor británico nunca lo llamó así. En realidad, la culpa la tiene Disney, que le puso ese nombre y desde entonces casi todo el mundo lo reconoce como el texto de Mowgli; sabido es que Disney se ha ido cargando sistemáticamente las razones profundas de las historias de las que se ha servido para sus películas, hasta el extremo de desvirtuar completamente, por decir sólo una muestra, La Sirenita de H. C. Andersen, poniendo un final feliz donde ni lo había ni el personaje de Ariel tenía un consuelo en esta vida y en este mundo, como tantos otros del autor danés, cuya vida no pudo ser más desdichada y eso se nota en el tipo de narraciones que escribía. Pero eso ya se escapa de los límites del mundo lobuno que nos hemos marcado.
       Y no podemos olvidar que es a veces el propio lobo la víctima de un relato, por más que éste provenga de uno de los poemas más conocidos de Rubén Darío, de quien no tardando se conmemora el centenario, por cierto. Pues bien, en ese extenso poema, San Francisco de Asís apacigua a un terrible lobo que está asolando la región de Gubbia, y logra que baje a la ciudad y viva en paz con los hombres. Sin embargo, conforme pasa el tiempo ellos dejan de tratarlo como se habían comprometido con el santo, lo apalean y él tiene además la posibilidad de ver cuán malvado el hombre puede llegar a ser, de modo que opta por regresar a la montaña y reanudar su vida salvaje anterior. Cuando San Francisco retorna y se entera, se dirige a reprender a la alimaña, pero al escuchar los motivos del lobo (título del poema, todo sea dicho de paso), el santo no puede sino entristecerse por lo que oye, se siente incapaz de acusarlo por sus actos y no puede más que volverse por su camino con lágrimas en los ojos y rezando el Padre nuestro.
 Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.

          Me refería líneas atrás a un caso de licantropía, y de ello ha dado muchísimas muestras el cine. El inconveniente desde mi punto de vista es que, en la mayoría de las ocasiones, se ha centrado tanto en la metamorfosis del hombre lobo, así como en las escenas de ataque, sangre y terror, que por el camino se ha olvidado de que la mitad de su denominación genérica es “hombre”. Tal vez el mejor acercamiento a este tema que haya dado el cine sea el de Terence Fisher, que no en vano hizo una revisión de todos los mitos del cine de terror, con unos resultados extraordinarios. El que nos interesa aquí se llama La maldición del hombre lobo, es de 1961 y no se estrenó en España en su momento porque ¡la acción se desarrollaba en un lugar del norte de nuestro país!, cosa que a la censura no le debió de hacer mucha gracia; de ahí que lo nombres de los personajes y de los lugares sean todos españoles.
        Al igual que ocurría con una de sus películas de Drácula, Fisher no muestra la primera transformación hasta casi la mitad del metraje, porque se ha detenido en una historia de maldad, la del duque Siniestro (así se llama el villano, por si alguien dudaba de quién es aquí uno de los seres más crueles de la historia del cine), que encarcela de por vida a un mendigo y que pretende satisfacer su lujuria con la bella hija del carcelero, una chica sordomuda a la que, no plegándose a sus libidinosos deseos, mete en la misma mazmorra que el mendigo, quien, tras años allí ha perdido su condición humana,  la viola. De ese acto nace un bebé maldito, como vemos ya desde su mismo bautismo, pero lo importante es que los escasísimos ataques y transformaciones están plenamente justificados por el guión, y esa vida que siente latir,esa felicidad en su alma cuando el amor lo toca y rodea lo hace humano y resguarda de su lado bestial, mientras que la ira, el rencor y el dolor que padece por otros seres lo lleva a desear la muerte, que vendrá de la mano de su propio padrastro, a quien ha dado una bala de plata para que lo libre de esos sufrimientos y no volver a matar. En un campanario tiene lugar la escena final, a la vez que tañen las campanas, como lo hacían al comienzo de la película; pero lo que entonces indicaba una boda ahora señala la liberación de un corazón noble cuya ansia de felicidad choca con la maldad de los hombres. Diríamos que estamos ante uno de los grandes personajes que el cine ha creado como epítome de un ser romántico, entendiendo como tal los que vivían y morían en la época del Romanticismo, claro está, no muy lejos de la criatura creada por el doctor Frankenstein …  
         De todas formas, no digamos que no hay más lobos que los de las películas de licántropos, obviamente  - por no hablar de las desdichadas versiones paródicas, que son muchas-, incluso hay una española con José Luis López Vázquez haciendo de buhonero epiléptico, y a quien los vecinos creen un hombre lobo; entre otras cosas porque, por un lado, tenemos muy singulares versiones de Caperucita Roja, como En compañía de lobos (1984), donde Neil Jordan llevaba a cabo una suerte de revisión del famoso cuento, con la diferencia de que aquí el lobo parece ser un hombre lobo y, de que  las connotaciones sexuales que ya latían en Perrault y los hermanos Grimm son más claras. Por otra parte, conviene no olvidar la singular versión de hace unos años, en la que la peculiar jovencita que hacía las veces de Caperucita no es no que no fuera la víctima, sino que era quien secuestraba al hombre que simbólicamente representaba al lobo, en un intento de rizar el rizo en la medida de lo posible.
       Pero es que además habría que contar con las películas de dibujos animados que con dispar éxito han tenido cabida en las pantallas de los cines. Entre las más recientes estaría Alfa y Omega, una pareja de lobos que tienen que enfrentarse a una serie de problemas de lo más dispares. En el campo del humor, que también ha acogido a ese animal con cariño, podemos recordar un episodio en el que se recrea el conocido cuento popular en el que un niño que cuida el ganado del pueblo, aburrido en el campo y sin pensar antes sus acciones, va al pueblo gritando que está allí el lobo comiendo sus ovejas. Los hombres acuden raudos pero era mentira. Cuando repite la broma ellos se enfadan de verdad y al tercer intento simplemente no acuden al socorrer al ganado…justo cuando era verdad que estaba allí. Pues bien, en un episodio de Los Simpsons Bart ha hecho lo mismo, de manera que cuando un lobo lo deja maltrecho y va a clase, la profesora le pide explicaciones por el retraso, y al ir a contestar la verdad, él mismo se para a pensar y sólo responde. “Va, da igual”.
      El siglo pasado dio origen a una de las historias más conocidas que tienen como uno de sus personajes a un lobo, y esta vez en el campo nada más y nada menos que musical. Y es que Pedro y el lobo de Serguei Prokófiev es una de las no muchas composiciones para niños que la música clásica ha creado en los dos últimos siglos, junto con obras de Bizet, Johannes Brahms y el delicioso El niño y el sortilegio de Claude Debussy. El argumento de esa pieza de encargo es que un niño tiene como amigos a un pájaro a un pato y a un gato, que andan por ahí jugando y disfrutando de su libertad y su vida. Hasta que el abuelo de Pedro le pide que no salga de casa porque se ha visto por los alrededores un feroz lobo. No obstante, y como suele ser habitual en ese tipo de advertencias familiares, lo primero que hace el interesado es no seguirla, de forma que cuando se encuentra con la fiera tiene que subirse a un árbol y ponerse lejos de sus alcance, mientras sus amigos también son perseguidos por ella. Uno de ellos logra avisar al abuelo y éste, que ha dado la voz de alarma, acude con unos cazadores que darán caza al bicho. Si esta obra ha tenido tanto éxito, pues hasta un versión de los personajes de Barrio Sésamo existe, es, entre factores, porque cada uno de los personajes del relato se asocian a un determinado instrumento, de modo que cada vez que interviene uno suena el que lo representa: Pedro por instrumentos de cuerda, abuelo, por el fagot, el pájaro la flauta travesera…


        Era inevitable que, en un momento u otro, alguien diera la vuelta a todos los tópicos de los licántropos y ese fue Boris Vian, que escribió un divertido cuento llamado El lobo hombre – que muchos conocen únicamente por ser la base de una popular canción de los ochenta -. Denis es un lobo que viene tranquilamente en una cueva, vegetariano y sin meterse con nadie hasta que un día tiene la desgracia de cruzarse con el Mago de Siam y como consecuencia de ello se transforma en hombre. Como es bastante inteligente y comprende bien el comportamiento humano, al vivir cerca de una carretera llena de accidentes de coche ha visto a muchas parejas en el bosque entregadas al amor, decide aprovechar el plenilunio para ir a conocer París. Se hospeda en un hotel, conoce a una prostituta, tiene que reducir a sus tres chulos, lo detienen en la carretera de vuelta a la cueva un policía –que le acusa de no poner la luz de la bici en la que se desplaza, pero como le responde Denis: “Veo perfectamente” – y al final retorna a su primitiva forma, satisfecho en el fondo de haber pasado por toda esas experiencias.
        A miles de kilómetros de París, en Alaska, un francés llamado Leclère ha comprado un cachorro de padre lobo y de madre husky al que pone el nombre de Bâtard. El cachorro se cría mamando el odio hacia el dueño que lo maltrata, con sus puños, su látigo y con lo que tiene a mano. Convertido ya en un animal formidable, temido por sus propios compañeros de trineo –a los que roba la comida que le niega el francés-y por los seres humanos, el odio entre esas dos criaturas no deja de crecer: está a punto de matarlo al morder su garganta, pero Leclère consigue zafarse, partiéndole las patas traseras. Milagrosamente se recuperan ambos, y ante la sorpresa de todos sigue sin matarlo, porque no ha llegado su hora, dice el explorador. Por fin, es acusado de asesinato y cuando está ya con la soga al cuello llegan de fuera para testificar que es inocente. El grupo va a colgar al indio que es el verdadero asesino, pero deja a Leclère sobre la caja que suponía el lugar donde apoyarse antes de dejarlo morir colgado. Él contempla a Bâtard, que se lanza contra la caja y a la vuelta del grupo se encuentran al francés balanceándose en el aire y el perro moviéndolo justamente para que no parase. Una bala en la cabeza del animal cierra el telón de esta historia de odio y venganza. Sólo Jack London podía escribir así, ese cuento que se llama como el perro lobo en cuestión.
       Y de nuevo volvemos a Saki. En Los lobos de Cernogratz la baronesa de un castillo narra a un visitante la leyenda que dice que cuando está a punto de morir alguien de su familia, todos los lobos de los contornos se ponen a aullar y se cae un árbol del parque cuando tiene lugar esa muerte. Pero ella y su esposo no lo creen, puesto que hicieron la prueba el año pasado al morir su suegra y no ocurrió nada de eso. Sin embargo, la institutriz replica que es porque no era propiamente una Cernogratz, como sí es ella, aunque hasta ahora lo había ocultado. Nadie cree semejante afirmación, pero lo cierto es que poco después se pone enferma y, para sorpresa de todos, la región se llena de aullidos de lobo, con las correspondientes respuestas de los perros de todas las casas y, por fin, se oye el ruido de un árbol desplomarse en el parque del castillo. Horas después es enterrada en el panteón familiar, con su auténtico apellido identificándola: Amalie von Cernogratz.
       Pero entre la crueldad y el misterio, también hay espacio en Saki para el humor de buenos quilates, y con lobos por si fuera poco. En La loba, un tipo gris que no tiene el más mínimo éxito social trata de hacer creer a sus amistades, que se reúnen de fiesta en fiesta, como personajes casi de Wilde, que tiene el poder de transformar objetos e incluso personas. Todo ello no tendría mayores consecuencias si no fuera porque en una de ellas está Clovis Sangrail –protagonista de otro libro de cuentos de Saki, Crónicas de Clovis – y le persuade a que convierta a la anfitriona en loba. Él objeta que ciertas cosas no son para tomárselas a broma, pero lo que ignora es que Clovis se la apaña para conseguir una loba y hacerla pasar por la señora Hampton, para desconcierto de propio y ajenos. Ni que decir tiene Leonard Bilsiter casi pierde el sentido, sobre todo porque cuantos allí se encuentran le insisten en que la devuelva a su ser.  Ella reaparece y Clovis afirma que ha sido él el autor de la metamorfosis, porque él sí tiene esos poderes de magia siberiana, no como otros advenedizos. El fin es digno del narrador británico: “Si Leonard Bilsiter hubiera sido capaz de transformar a Clovis en ese momento en una cucaracha, para después pisotearla, de buen grado hubiera realizado ambas operaciones”.
        En el territorio de los montes y las cacerías hay siempre un hueco para lo inexplicable y hasta para la locura, como sucede en el relato de Guy de Maupassant El lobo. Y de nuevo una historia se cuela en otra, por lo que el marqués de Arville narra por qué ni él, ni su padre ni su hijo tienen afición por la caza. La razón estriba en que su abuelo tuvo por padre a un temible cazador, como era así mismo su hermano. En aquella zona hay un sanguinario lobo gris, que caza y mata con total impunidad, desde el momento que parece imposible darle alcance. Ese suena como un reto para los hermanos, que salen a caballo con ese objetivo; el lobo aparece, ellos le siguen pero el hermano se cae del caballo y se mata. Francisco recoge el cuerpo de su hermano Juan y con él en el caballo sigue a la fiera hasta un valle cerrado por enormes rocas. Allí lo estrangula con sus propias manos, mientras grita como un loco al cadáver próximo: “Mira Juan, mira eso”. Y luego lleva el cadáver junto al cuerpo de su hermano: “Toma, Juan, tómalo, ahí lo tienes”.
        Mucho más cuesta explicar la trama de La marca de la bestia de Rudyard Kipling. Fleete, un británico que vive en la India, volviendo ebrio a su casa la madrugada de año nuevo con dos amigos, se cuela en el templo del dios Hanuman, el dios mono, golpeando a varios fieles que allí oraban y apagando su pitillo en la cabeza de la figura que lo representa. De detrás de esa imagen sale un leproso que golpea con su cabeza el pecho del borracho. A partir de ese momento una serie de cambios se van produciendo en él, empezando por una hambre desaforada de carne cruda, una mancha que le va creciendo donde recibió el cabezazo, pasando por el miedo que produce en todos los caballos a los que se acerca… Sus amigos sospechan lo peor y, una escena que no se describe pero que se sugiere, torturan al leproso sin rostro hasta que obtienen de él el fin de la maldición de su amigo por su conducta sacrílega en el templo.
        Pero volvemos al mundo de los cuentos. No es posible pasar por este tema sin recordar a los hermanos Grimm, a quien debemos, entre otros, el cuento de Los siete cabritillos y el lobo, que tiene indudables puntos en común con la historia de Caperucita, a qué negarlo, si bien aquí el lobo es un tipo inteligente para lograr que le abran la puerta de la casa los cabritillos y podérselos comer a todos, menos al menor, que es quien le pondrá a su madre al día de lo ocurrido y ésta es quien le abre la tripa al lobo para que salgan sus hijitos y le pone piedras en su lugar, cosiéndosela de nuevo y lo que le lleva, a la postre, a ahogarse en el río. Y ya que sale otra vez la niña de la caperuza roja, bueno será hacer una tercera mención a ese mito tan fructífero. Para trasladarlo nada menos que a Nueva York, en esa buena novela que es Caperucita en Manhattan, de Carmen García Gaite. Sara Allen es la niña decidida y sin miedo, al contrario que su madre, con quien lleva todos los fines de semana una tarta de fresa a su abuela, cuyo carácter es similar al de su querida nieta. Conocerá más tarde a Míster Wolf (“lobo”, en inglés), pastelero que busca obtener la receta de la tarta de fresa, pero, al contrario que en el cuento tradicional, la novela acaba con Wolf bailando con la abuela, de la que era gran admirador en sus tiempos de actriz, en tanto Sara acaba en la Estatua de la Libertad, donde la esperan seguramente nuevas y divertidas aventuras.
       Y para terminar podríamos hacernos una pregunta: ¿qué pasaría si fuera un lobo el verdadero héroe de un relato, y no el hijo de rey o emperador de turno? Pues es lo que ocurre en uno de los cuentos populares rusos reunido por el escritor Alexander Afanásiev, el titulado El zarévich Iván y el lobo gris. Es extenso y da la impresión de ser el resultado de la mezcla de varias historias diferentes, desde el momento que los tres hijos del zar tienen que ir tras un Pájaro de Fuego para su padre. Como pasa siempre en este tipo de aventuras, es el menor quien logra al animal, pero gracias a la intervención de un lobo gris. Iván mete la pata y ha de ir a buscar un Caballo de Crines de Oro para poder obtener el Pájaro, y de nuevo es el lobo gris quien le aconseja la manera más segura de lograrlo. De nuevo el joven no sigue al pie de la letra las recomendaciones del lobo, y es éste quien se ocupa de conseguir a la infanta Elena la Bella. Ahí podría haber acabado, pero al regreso a su reino, los dos hermanos lo matan y despedazan, para a continuación llevarse a la hermosa joven y presentarse ante su padre el zar con el Pájaro de fuego y el Caballo de Crines de Oro, de forma que a uno le da la mano de la joven y al otro el gobierno de su reino a cambio del corcel y del ave. La presencia del lobo gris en el lugar del crimen antes de que las alimañas devoren sus restos consigue que mediante el agua de la vida y de la muerte Iván resucite y llegue a tiempo de deshacer las mentiras, casarse con la princesa y que sus hermanos sean desterrados. El final no deja de tener un cierto regusto amargo, puesto que, a pesar de todo cuanto ha hecho por los protagonistas, las últimas palabras del texto son: “¡Al lobo gris nadie le volvió a ver más, ni nadie se acordó de él nunca!”
      Evidentemente, muchas otras historias de lobos podrían traerse aquí, bien del mundo de la literatura, del cine o de otras artes (hay varias esculturas de San Francisco de Asís y el lobo gubbio, digamos de paso), pero baste estas muestras para ilustrar este tema. Sobre todo ahora que, si alguien quisiera ve a un lobo de verdad, más allá del infinito campo de la ficción, no lo tendría lo que se dice fácil, siendo como es un animal cada vez más escaso en toda Europa. En buena medida esa mala fama acarreada a lo largo de los siglos en cuentos e historias al calor de fuego del hogar puede haberse debido a sus incursiones para conseguir comida en poblados y hasta villas. Mas eso ya forma parte de un pasado bien lejano. Hoy, en cambio, es seguro que mucho más tiene que tener el lobo del hombre que viceversa. Y bastante tendrá con sobrevivir al ser humano, cuando tantas otras especies ya no pueden  decir lo mismo.

martes, 8 de julio de 2014

LA LETRA Y LA MÚSICA


LA LETRA Y LA MÚSICA 
(Ocho siglos de música cristiana)

                                                                      A Maricarmen Bango
          Parece lógico que el arranque de un tema como es el hecho religioso se ocupe de los diversos acercamientos de un buen número de disciplinas (antropología, mitología, paleohistoria, etc.) al mismo, pero eso no quita para constatar un hecho más que evidente: mucho antes de que existieran incluso esas mismas disciplinas o de que se instalasen los adelantos técnico–científicos en una era donde lo cerebral iba a ser tan predominante sobre cualquier otra consideración, lo transcendente era percibido sensorialmente a través de un número considerable de formas. Por una parte, y ya desde el principio, la música siempre ha constituido un factor asociado de múltiples formas a lo divino en general, y a celebraciones de todo tipo, incluidas, cómo no, las escatológicas; de ello hablaremos enseguida. De otro lado, ya hace tiempo que, por ejemplo, Marc Fumaroli comparó las vidrieras góticas con una suerte de televisión de la época, donde los fieles podían recibir enseñanzas apologéticas y que servían como un buen apoyo visual de la prédica dominical en los templos. Claro que ya previamente, aunque de manera menos espectacular claro, las figuras de los canecillos y los capiteles románicos tenían una función similar, por no hablar de las pinturas de ese mismo período o del hecho, que a veces parecemos olvidar, que esas iglesias estaban pintadas de colores, y de colores llamativos, por más que hoy nos resulte un tanto difícil de imaginar.   
         No hay forma teatral que, en su origen, no derive de una manera u otra de una ceremonia relacionada con lo divino. Tenemos bastantes pruebas en lo que a la tragedia griega se refiere, empezando por aquella luminosa obra del joven Nietzsche sobre, precisamente, El nacimiento de la tragedia. Pero eso mismo es rastreable en representaciones del mundo americano, de culturas africanas o de la Polinesia. Importa no pasar por alto que hasta bien entrada la Edad Moderna la presencia de lo sobrenatural no era algo especialmente asombroso para las mentes humanas, de forma que entraba dentro de lo normal tanto una aparición mariana en la Edad Media como algunas de las ceremonias de Nueva Guinea y Papúa en las que, mediante una serie de ritos y siempre al ritmo de tambores, se hacía una ofrenda de comida y bebida a los dioses para que fueran propicios en la vida de cada tribu. Una especie de figuras divinas aparecían, todo su cuerpo pintado de blanco, y bailando en el círculo hecho para la ocasión y tras comer y beber volvían a desaparecer dejando a los nativos satisfechos por haber aplacado la ira divina y contar con su protección durante un año.
       De todas formas, tiempo tendremos en las siguientes páginas de aportar muestras de esa fundamental presencia de la música y su relación con lo divino. Y lo haremos porque no sólo estamos convencidos de esa particular facilidad que posee para provocar en nosotros un serie de sentimientos casi infinita, sino también porque un punto no menor de las innumerables manifestaciones musicales compuestas para celebrar la Natividad, la Pasión y otros momentos de la liturgia cristiana –nos vamos a centrar en ella, porque intentar abordar igualmente el resto de las religiones sería una tarea imposible - son las letras que se cantan junto a los diferentes melodías, de las que pondremos algunos ejemplos que consideramos suficientemente ilustrativos. Por último, y para cerrar esta introducción, no es casual que precisamente las muestras que tenemos de los primeros ejemplos teatrales en nuestro país estén asociados, en lo sagrado, con los momentos más dramáticos y, por tanto, más fáciles de llevar a una representación, de la vida de Cristo, como son el nacimiento, la Adoración de los Magos y, sobre todo, la Pasión. En todo caso, para profundizar en ese apartado remitimos a los tres libros dedicados al teatro medieval editados por la Editorial Crítica a finales de los noventa.
        Por empezar por un caso concreto, recordemos cómo, entre los siglos XII y XIII se produce un impulso decisivo en revitalizar la figura de la Virgen María, aunque tal vez fuera más apropiado decir en ponerla como un ser digno de admiración, respeto y adoración casi, dado que hasta ese momento era una personaje que, aun sin ser totalmente secundario en la liturgia en particular y en el mundo eclesial en general, no gozaba del predicamento que tendría a partir de ese punto. Todo ello se puede documentar muy bien a partir del libro de Sylvie Barnay El cielo en la tierra, cuyo título creo que ya es suficientemente esclarecedor, Las apariciones de la Virgen en la Edad Media (Encuentro, 1999), donde además se puede hallar una cantidad de ilustraciones realmente formidable. De esa corriente forman parte, como cabía esperar, tanto las obras marianas de Gonzalo de Berceo, y muy en especial su célebre Milagros de la Nuestra Señora, como algunos de los fragmentos a ella dedicados por, un siglo después, el genial Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, en su inmortal Libro del buen amor.

        Pues bien, se podría hacer un recorrido a través de la historia de la música con las obras dedicadas a María, cosa que está fuera del propósito de estas páginas por motivos evidentes. En consecuencia, haremos sólo unas pocas calas. Y la primera se detiene en el Carmina Burana, esa amplísima colección musical que recoge piezas de entre el siglo XI al XIII; como es sabido, entre ellas hay canciones morales, de bebedores y comedores, etc., y un grupo se dedica a la, digámoslo así “música religiosa”, dentro del cual nos topamos con algunas canciones dedicadas a la Virgen María entre las que podemos destacar, Ave Maria, gratia plena, Ave, domina mundi y Sanctissima et gloriossisima. Por otra parte, en el siglo XIV podemos toparnos con una de las más famosas conservadas en España: O Virgo Splendens, recogido en el manuscrito anónimo conocido como Llibre Vermell (“Libro rojo”).
         El siglo siguiente nos ofrece una canción admirable, como suya, del magistral músico de la corte de los Reyes Católicos Juan del Enzina, que no se limitaba a componer la música de sus creaciones, sino también ideaba las palabras que lo acompañan. Y qué palabras: “Pues que tú, reina del cielo, / tanto vales, / da remedio a nuestros males. / Tú que reinas con el Rey / de aquel reino celestial, / tú, lumbre de nuestra ley, / ley del linaje humanal: / pues para quitar el mal / tanto vales / da remedio a nuestros males. / Tú, Virgen que mereciste / ser madre de tal Señor, / tú que cuando le pariste / le pariste con dolor, / pues con Nuestro Salvador / tanto vales, / da remedio a nuestros males. / Tú que eres flor de las flores, / tú que del cielo eres puerta, / tú que eres olor de olores, /tú que das gloria muy cierta: /si de la muerte muy muerta / no nos vales , / no hay remedio en nuestros males”.
           Entre las obras más notables del siglo y medio posterior escojo las Vísperas de la Beata Virgen, una de las obras maestras de la historia, como por otra parte era de esperar viniendo de quien viene, puesto que Claudio Monteverdi es el primer compositor de ópera tal y como concebimos ese género en la actualidad. No obstante, si hay una pieza musical que triunfó en toda la regla a lo largo de varios siglos, con un tema que tiene a María como gran protagonista esa es el Stabat Mater. El texto, en realidad, proviene de una plegaria de la Edad Media, pero algunas de sus más afortunadas versiones musicales hay que situarlas en manos de nada menos que Antonio Vivaldi, Giovanni Pergolesi y ya más acá en el tiempo, en alguien que a priori podía llamar la atención, como es Gioachino Rossini. Pero la explicación viene al saber que fue un encargo al músico de Pésaro realizado por el archidiácono Manuel Varela, un influyente clérigo que aprovechó el paso por Madrid en 1831 de Rossini para pedirle una obra que rivalizase con la celebérrima versión de Pergolesi.
       Si de este tema nos trasladamos a los que tienen que ver con el nacimiento de Jesús y la Adoración de los Reyes Magos, el número de obras del universo musical tiende también al infinito. Entre las que prefiero, ignoro si famosa o no, pero eso no tiene importancia, está un bellísimo villancico de Mateo Romero, también conocido como “Maestro Capitán” (1575 – 1647): “Soberana María, / con vuestro canto/ arrullad a mi niño, / no llore tanto.  Nocturnas estrellas / que en dulce descanso / reposáis los cuerpos / del largo cansancio, / ¿cómo a Dios eterno / lo dejáis llorando? Templad las escarchas / del invierno helado, / que el infante tierno / es Rey delicado; / abrigad la Virgen /entre vuestros brazos. / Arrullad a mi niño, / no llore tanto.  Coged el alfójar / de los ojos claros, / mirad que es tesoro / de precio tan alto, / que una gota suelda / todos nuestros daños. / Arrullad a mi niño, / no llore tanto”. 
        En el nuestro Siglo de Oro hay verdaderas obras maestras, pues no en vano la música de nuestro país iba pareja en calidad con sus obras literarias, escultóricas, pictóricas y arquitectónicas. Sólo citaré un par de muestras, de dos de los grandes de nuestro Renacimiento. Francisco Guerrero tiene una obra con la Adoración como núcleo, esa que comienza – ya sabemos que los títulos de la canciones suelen ser, para hacerlo de un modo pedagógico, el primer verso de cada composición – Los Reyes siguen la estrella. Por su parte, el sublime Cristóbal de Morales se fija en los pastores, con regalos menos suntuosos, pero no cargados con menos amor hacia el recién nacido, y de ahí se genera Pastores, dicite, quidnam vidistis? 
          No obstante lo dicho, la verdad es que el campo no profano es muy extenso, y en él caben también, de una forma más o menos convencional, los santos. Me detengo únicamente en dos pares de ejemplos. El primero español: Al humillado, villancico de Andrea Falconiero a San Agustín. A San Francisco Javier está dedicado Molinero divino, de José Conejos Ortella. Los otros dos extraídos del rico patrimonio peruano de la época virreinal. La otra pareja de ejemplos es El más Augusto campeón, de compositor anónimo del siglo XVII y que se presenta como Batalla a cuatro coros, a Nuestro Padre San Antonio. La segunda lleva por título Alarma valientes, y es una jácara de Juan de Araujo (1648 – 1712), músico de la corte peruana, aunque nacido en España. Más concretamente se trata, en cuanto a su composición literaria, de un romance escrito en honor de San Ignacio de Loyola, como lo prueba el estribillo, que dice lo siguiente: “Vítor resuene Pamplona /pues merece un Marte / como lo es Loyola. / Vítor en quien los aceros / son de tanta monta /que retira escuadras / con una sola hoja). Y un apunte más: el aprovechamiento pastoral y catequético de la música y el drama no es ajeno a la labor de evangelización llevada a cabo en toda América por los clérigos hispanos. Y se llega al punto de que incluso para favorecerla se traduce un auto sacramental de Calderón de la Barca al náhuatl, a fin de que la población nativa pueda comprender el misterio eucarístico que subyace tras cualquier auto sacramental que se precie de serlo.
        Y antes de pasar a la Pasión, detengámonos si quiera un momento en un campo de tanto éxito como el oratorio, es decir, esa especie de “ópera sacra”. Y no es que la cantata no fuera un subgénero de éxito, especialmente en el Barroco, pero, por decirlo así, el primero era de una dimensiones mucho mayores, de la misma forma que también estaba compuesto para escenarios de mayor porte, con una dimensiones y una orquesta que no eran para celebrar en una sala de baile o una salón de música donde recibir a los invitados, tal y como era el caso de las cantatas, que las hay sacras, también, lógicamente. Los temas que podrían nutrir el argumento de uno y otras eran, como cabía esperar, sacados de las Sagradas Escrituras, hasta el punto que podíamos toparnos con Adán y Eva (B. Galuppi), con Caín (o el primer homicidio, que de las dos maneras se llama una obra maestra de A. Scarlatti) hasta la misma Pasión de Cristo (Magdalena a los pies de Cristo en un muestra sensacional de A. Caldara), pasando por personajes sin cuento del Viejo Testamento, dentro de los cuales hallamos al genial Haendel – que compuso más de veinte, en cuanto vio que la ópera tal y como él la concebía no generaba ingresos en los teatros que él gestionaba.-. Después llegarían los de Haydn, y por qué no decirlo, Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, un encargo recibido por el músico desde Cádiz. Ya en el Romanticismo, las incursiones de Mendelssohn, Liszt y varios más serían dignas de pararse un poco en ellas, pero eso haría, como vengo insistiendo, inabarcable un tema del que sólo pretendo esbozar algunas ideas generales, a la par que indicar muestras magistrales desde mi punto de vista.
        Tampoco hubiera estado de más habernos detenido un poco en las numerosas composiciones al Santísimo Sacramento, pero aunque sea sólo de forma testimonial quede mi admiración por A mirar, un villancico al Santísimo Sacramento de Andrea Falconiero (1585 – 1656). Pero terminaremos en la Pasión de Cristo, con una coda final. Tratándose como se trata de uno de los puntos culminantes de la vida de Jesús, y siendo por ende de una fuerza dramática colosal, nada tiene de sorprendente, como afirmábamos líneas atrás, que todo un torrente de músicos entrara en esta veta a fin de poder extraer de esa trama brillantes resultados musicales. Cómo no mencionar al hilo de este tema las dos famosas pasiones de J. S. Bach, es decir, la Pasión según San Juan y la Pasión según San Mateo. O The Brockes Passion de Haendel, la única incursión del alemán en ese particular subgénero, sobre un libreto de B. Brockes y que utilizarían también Keiser y Telemann, entre otros muchos.
          Sin embargo, no quisiera terminar estas páginas sin referirme a dos puntos que considero relevantes. Primero, el hecho de que son justamente los autores de óperas los que mejores resultados han tenido a la hora de afrontar música sacra, lo que entra dentro de lo razonable. De hecho, se puede olvidar una pieza de “ambientación religiosa” como es la breve ópera de Giacomo Puccini Suor Angélica, en la que, al igual que ocurre en la mayorías de las suyas, con nombre femenino ya desde el mismo título, al final la protagonista muere - siendo una víctima inocente de la sociedad que la ha recluido en un convento - mientras ve el rostro de la Virgen en ese tránsito. Y, por último, la muerte no es vista como algo temible, atroz, antes al contrario: inspira paz y confianza a quienes esperan alegres la vida en el más allá, porque tienen en su corazón la promesa divina; de ahí el primer verso de la maravillosa cantata  153 de J. S. Bach: “Parto en paz, parto con alegría porque así lo quiere Dios”.
     Releído de nuevo estas páginas no puedo sustraerme a añadir un par de detalles más sobre cuanto va dicho. En primer lugar, que en el hermoso oratorio de Scarlatti que mencionaba antes (Caín o el primer homicidio) somos testigos de uno de los escasos testimonios en los que la voz del mismo Dios se hace presente, y lo hace por boca de René Jacobs, contratenor, maestro de canto y uno de los mejores directores de orquesta desde hace más de veinte años –me refiero, lógicamente, a la versión que de esa obra dirigió el brillante regidor belga y que editó Harmonia Mundi, hace unos quince años; existe otra versión a cargo de Fabio Biondi y su orquesta Europa Galante para la discográfica Opus 111, pero esta no la conozco - . Esto es de agradecer, porque en la mayoría de las ocasiones en las que el cine ha presentado la figura de Dios siempre ha sido desde la comedia, y normalmente con sal gruesa; no es de extrañar, habida cuenta que si lo pensamos un poco, ¿cómo lo haríamos nosotros, más allá de una voz?
        Y la segunda consideración que me resisto a dejar pasar es que, una vez que se leen las páginas anteriores pudiera dar la impresión de que a partir del siglo XX ya la música no se ha ocupado de lo sagrado, y nada más lejos de la realidad. Sólo los temas de góspel agotarían todo el espacio del que disponemos, de forma que, pasando a otros estilos musicales, no voy a traer a colación aquí más que un par de canciones sensacionales: Turn, turn, turn es una joya del pop de The Byrds, el grupo americano de los sesenta, cuya letra está inspirada en unas líneas nada menos que del Génesis. La otra no se origina mucho más lejos, pues El hombre puso nombre a los animales es como llamó Bob Dylan a su canción sobre, precisamente, otro momento significativo de ese mismo libro bíblico.
        Eso supone una parte minúscula de la influencia de lo religioso en la música del siglo XX, como es lógico. Ahora bien, entre los músicos de lo que viene en llamarse la “música culta” (denominación un tanto despectiva para la otra, pero esa es otra historia), podríamos referirnos a nombres como el polaco Krzysztof Penderecki (1933) o el estonio Arvo Pärt (1935), pero muy especialmente sobresale un nombre con brillo propio en el tema que nos ocupa. Me estoy refiriendo al francés Olivier Messiaen (1908–1992), en quien encontramos un músico que bien puede considerarse el epítome del acercamiento de la música a lo sagrado del último siglo. Sólo con un repaso somero de los títulos de sus obras, y no digamos ya de los nombres de cada uno de los movimientos que las conforman, podríamos hallar todo el espectro temático que hemos venido analizando en las cuatro páginas anteriores, en lo que él mismo denominó “los aspectos maravillosos de la fe”, además de utilizar para ello todo tipo de subgéneros musicales de los que también hemos citado ya más arriba: ópera, sinfonías, cantatas, etcétera. Sólo unos títulos suficientemente ilustrativos de lo que acabo de indicar: Himno al Santísimo Sacramento, Banquete eucarístico, La Ascensión, La natividad de Nuestro Señor, Tres pequeñas liturgias de la presencia divina, San Francisco de Asís… Y creo que no puede haber mejor cierre que este punto y final después de un repaso a los siempre fecundos senderos entrecruzados por los que caminan de la mano la música y lo religioso.